No es novedad decir que los partidos políticos en Colombia viven momentos de crisis desde hace muchos años.

Su identidad se ha ido diluyendo al tiempo que las ideas que los identificaban se perdieron en medio de las dinámicas burocráticas y clientelistas.

Los mismos partidos alternativos que buscaron capitalizar el desprestigio de los partidos tradicionales, hoy viven sus propias crisis, y sus dinámicas son iguales a las de aquellos partidos que algún día pensaron sustituir en el panorama político.

En ese sentido no le faltaba razón a Friedrich Nietzsche cuando decía "Cuida que, al luchar contra los monstruos, no te conviertas en un monstruo. Porque cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de ti", y eso precisamente fue lo que les pasó a esos partidos que nacieron para luchar contra los monstruos y hoy son unos monstruos de la política nacional.

La desconfianza hacia la política, y ese abstencionismo que sumerge en la apatía electoral a más del 50% de la población es evidencia clara de que no hemos sido capaces de conectarnos con la mayoría del país, con su sentido de futuro, con sus problemas y con sus esperanzas.

Nos sobran razones para el desprestigio de los partidos, y los medios de comunicación están llenos de ejemplos que profundizan la desconfianza pública con argumentos más que razonables.

El problema es que, gústenos o no, los partidos políticos son esenciales para la democracia porque son los encargados de articular y representar los intereses de la ciudadanía, facilitar la participación política y garantizar la gobernabilidad.

Una democracia de partidos fuertes permite la competencia política pacífica, la alternancia en el poder y la construcción de consensos en torno a políticas públicas.

En esta materia hay mucho por hacer, fortaleciendo los partidos desde su base, promoviendo la transparencia, la rendición de cuentas y la participación ciudadana, pero, también, es crucial fomentar la educación política para que los ciudadanos puedan tomar decisiones informadas y exigir responsabilidades a sus representantes.

Sin embargo, los partidos están constituidos por ideas y es ahí hacia donde se deben dirigir los esfuerzos reputacionales. Hay que reconocer que padecemos de una falta de identidad ideológica clara. Algunos no se congregan en torno a unas ideas sino alrededor de figuras carismáticas o intereses particulares, en lugar de representar proyectos políticos coherentes y sostenibles.

Esto ha llevado a una constante fluctuación en el panorama político, en el cual los partidos surgen y desaparecen con facilidad, lo que dificulta la construcción de una agenda política estable y de largo plazo.

Las elecciones que vienen deben ser una oportunidad para que los partidos tengan candidatos propios, con vocación de unión en algún momento, pero que tengan la posibilidad por lo menos en los primeros meses de campaña, de ser voceros de una visión de país a nombre de ese partido.

Los partidos necesitan que sus ideas se expresen y se contrasten con los otros partidos y las otras ideas. Esto permitirá a los votantes entender qué representa el partido y qué políticas propone.

Recuperar la identidad de los partidos es empezar a trabajar por la credibilidad y la reputación perdida, en beneficio de una democracia asediada por tantos riesgos.